fríos y profundos

fríos y profundos

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Uno, dos, tres golpes...

4

-Bonito día, ¿No te parece?
-Déjame ir o mátame ya...
-¡Oh, Cómo adoro estos momentos! voy a repetir el procedimiento de siempre, las palabras  que nadie quiere escuchar: ¿Te han dicho muchas cosas malas de mi verdad? ¿Qué es peor morir quemado, o matar a tus propios padres que someterte a mis torturas verdad? Pues quítatelas de la memoria, yo no soy de esos… ¡Fíjate bien! Soy tan sumamente bueno, que aun que me confieses tus peores fechorías, y me supliques hasta agonizar, te mataré, tras dos o tres días de martirio solo para ahorrarte el dinero del psicólogo.
- Pero… yo he oído que dejaste a una persona con vida, de una chica, para ser concreta ¿No es cierto? Porque no puedo correr yo la misma suerte-
-….- No contestó, realmente, la afirmación le había pillado por sorpresa, había subestimado a Megan.
-Mónica, oh dulce Mónica, chica de ojos azules que te quedaste sin color...- canturreo a media voz, y desafinando.
- Cállate zorra, pobre ignorante, ella nunca callo en mis garras…- la abofeteó y lo que nadie pensó que ocurriese, ocurrió, lloró, una débil lagrima broto, y se precipito alrededor de sus mejillas- Fue un fallo, yo no quería…
Megan, absorta ante semejante panorama, decidió callarse, era lo mejor, de esta no podría salir con vida, pero utilizar a Mónica sería su venganza para lo que estaba apunto de  hacer con ella.
Se estremeció, le gustaba lo que hacia, ¡oh!, ¡claro que si!
Se relamía mientras preparaba los instrumentos de tortura, como de costumbre tan sumamente bien afilados. Los colocaba meticulosamente sobre la impecable mesa blanca, en una vieja fábrica olvidada en un polígono industrial abandonado, la cual, utilizaba de matadero.
Sentada sobre una carcomida silla de madera, amordazada de pies y manos Megan sudaba. Se podían notar unas delicadas perlas diminutas, brillantes como diamantes sobre su piel , a la altura del pecho.
El aire era denso.
Una áurea fría y misteriosa cubría el cuerpo de Christian, una especie de escudo difícil de traspasar.

Uno, dos, tres golpes…Había perdido ya la cuenta y creo que también la conciencia, solo podía pensar en Mónica y lo que había hecho por Tonner.
Nadie sabia la verdad sobre porque Mónica había sido asesinada, inclusive Tonner. Parece ser que la orden venía de arriba, nadie sabía de donde ni de quien, pero las sospechas apuntaba a Cammer.
Era un hombre rechoncho, una vieja gloria de finanzas olvidada, que lo perdió todo por ella, tosco y con una risa estrepitosa que lograba que cualquiera se tapase cono acto-reflejo los oídos. Su madre había muerto cinco años atrás y él era el heredero de la industria de pepinillos más importante del país. Así que decidió venderla, incapaz de mantenerla ni dirigirla y la gran suma de millones obtenidos los invirtió en bolsa. Luego se hundió, ahogándose en un pozo sin fondo, muriendo a cada segundo de su miserable existencia, pero nadie sabía porque, excepto Mónica.
Se estremeció al pensarlo, pero otro golpe la despertó del trance.
-Fue Cammer, no tengo nada que ver- susurró.
-No deberías de mentir en tus últimos momentos, a lo mejor tienes la suerte de ir al cielo-  y acto seguido soltó una fuerte carcajada tan amarga con la misma muerte.
-Ella te amaba- susurro en su último hálito antes de perder la conciencia por otro golpe.

martes, 23 de noviembre de 2010

El cementerio

3

El chico de los ojos azules se encontraba en el aeropuerto esperando ansioso al vuelo 7845G con destino a Boston, donde tendría lugar el entierro de la chica asesinada por Tonner. No iba por sentirse apenado de que una inocente hubiera muerto ni mucho menos, simplemente para averiguar e interrogar, sabía que Megan, (la prostituta preferida de Tonner) iría al entierro, al parecer era la prima de la fallecida.

Christian ensimismado empezó a recordar a Mónica como morena, con un pelo largo y sedoso, con una cara peculiar, ojos muy grandes, boca pequeñita, y nariz respingona, de piel roja más bien quemada, ya que la última vez que la vio era verano, vestía con un vestido gris, bonito, olía a pureza, era, en definitiva, una belleza, pero aún así, tenia un único defecto que no se podía observar a simple vista, Mónica era ciega.
Su vida cambió de la noche a la mañana, se quedó dormida, como de costumbre, viendo la última sería del momento en el sofá, para el día siguiente comentarla con sus amigos, pero al parecer, ocurrió algo, algo que hizo que Mónica durante esa noche se quedará ciega, y que los médicos no pudieron diagnosticar.

Pasando por el último terminal, el que iba con vuelo directo a Boston, sin escalas, una mujer empezó a gritar en medio del aeropuerto señalando a Christian.
-¡No lo dejéis pasar! ¡Es el diablo!- gritó.
Christian siguió tranquilamente, hasta que la mujer se le lanzó, gritándole al oído- Dios te castigará por lo que has hecho, y por lo que estás apunto de cometer.
-Seguridad por favor- reclamó Christian.
Enseguida llegaron siete hombres vestidos de azul que redujeron a la vieja loca y la llevaron fuera del aeropuerto.

Christian ya en Boston, buscó el cementerio Granary Burying Ground donde se encontraba Megan junto a las tumbas de los patriotas que participaron en la de la Guerra Revolucionaria, entre ellos tres firmantes de la Declaración de la Independencia y las cinco víctimas de la Masacre de Boston.
Estaba esperando a que bajarán el cuerpo, que quedaría por y para siempre enterrado bajo la tierra, sin el contacto del aire en su piel, sin acariciar con sus ojos sin color las cumbres que no llegó a divisar jamás, sin el contacto húmedo con el agua del océano, sin sentir las caricias de un hombre, las caricias de él.
Se situaba en una esquina, cerca de los familiares y amigos, que lloraban alrededor de la tumba con el nombre de Mónica Molina García.
Megan era una chica de tez blanca, tan blanca como la nieve, iba vestida de negro, con lo que sus ojos verdes resaltaban, pero no tanto como ella misma en si. Su pelo pelirrojo, sin vida por el amoniaco del tinte,  pero que hasta a cinco metros de ella desprendía un olor a flores del desierto.
El viento recorría centímetro a centímetro el cuerpo de aquella prostituta haciendo ondear su vaporoso y escotado vestido negro, mientras sonreía maliciosamente sobre la tumba de su recién muerta prima, Mónica, sin derramar ni una sola lágrima aparente, mientras sonaba una de las sinfonías preferidas de la fallecida, el réquiem de Mozart.
Se percató de que estaba siendo observada por un hombre cercano a ella, vestido de negro como de costumbre y con sus nuevos y relucientes zapatos (o eso parecían todos los pares) sobre la húmeda y recién cortada hierva verde típica de los cementerios de Boston, y cuyos ojos azules le distinguían en la lejanía, aun por la espesa niebla que le rodeaba a ambos.

Megan se sobresaltó, su nerviosismo se estaba contiagando, y eso no le gusto nada a Cristian, así que pensó que cuanto más rápido, mejor, Ni tres pasos logró dar, cuando Megan sin dudarlo salio corriendo, aunque sabia perfectamente que no tenia ninguna posibilidad de que tras ese encuentro siguiera con vida, aún así siguió corriendo, con una pequeño resquicio de esperanza por aquellos altos cipreses, y la espesa bruma, pero era inútil, seguía sintiendo sus ojos azules, de esos que no se olvidan, los extrañamente diabólicos, eran, como dijo Emilio Carrère , al referirse a los ojos del demonio, ojos verdes, pero que en este caso, azules…
Y aún sonaba el réquiem, no sabía si dentro de su cabeza, o aún lo sentía en la lejanía, pero unas suaves y conocidas notas pronto se convertirían en un sinfín de alteraciones, parecidas a las de su acelerado corazón.
Subía ya unos escalones, húmedos y resbaladizos, de pura piedra esculpida allí mismo, ella siempre había admirado ese tipo de detalles, diminutos, pero con pocos de ellos, por muy costosa que fuese su realización, le confería un tipo u otro de vista, muy diferente al que sería si no estuviesen allí. Y cayó, cayó sin más, en el peor momento de todos y pensó únicamente en Mónica que lo había dado todo por ella y ella… la había matado, arrepintiéndose, y pidiéndole a un Dios inexistente, o a lo mejor al cosmos en sí, que la perdonará, que la enviase a un lugar mejor, que no la dejase caer en manos de Christian, que la matase allí mismo. Pero el canto rodado de aquella obra maestra, había besado su delicada nuca, haciéndole perder la vista, una negrura más oscura que la noche cerrada, y momentos como en una diapositiva, pero curiosamente momentos de Mónica que nunca habría llegado a realizar: su boda con Christian, sus primeras veces para todo, cuando saltó de paracaídas, cuando disfruto de un día de campo, cuando vio sus primeras arrugas, cuando vio su precioso y redondo vientre fruto del amor, cuando vio los primeros pasos de su hijo, y cuando murió calentita en su cama, junto a Christian… parecían tan irrealizables, tan difíciles de alcanzar, pero su sonrisa, oh, como se odiaba, maldita vida, puto Tonner que un día le susurró, como le susurraron a herodes…¡mátale! ¡No te demores!









lunes, 22 de noviembre de 2010

REVOLUCIÓN

2

Un grupo de jóvenes refugiados en sus interminables charlas sobre las letras del nuevo disco de música lanzado al mercado titulado “El comienzo”, en el cual, hacia referencia a la opresión del estado, a la codicia de las personas hoy en día, y al desarrollo insostenible.
Se encontraban sentados en el café de la plaza del ayuntamiento, bastante bonito. Con detalles en madera. Acogedor en sí, un poco caro para el bolsillo de cualquiera, pero con una gracia sublime.
Hablaban serios con el fin de crear una revolución, una revuelta, una rebelión. (O como quieran llamarlo).
-Todo esta en Internet, podemos subir videos, bombardear con información, publicar  fotos pillando a los políticos in fraganti, podemos hacer todo lo que queramos - sugirió uno de ellos llamado Jack, bastante excitado.
-Claro, pero todo ello será en vano, si nos cierran la página Web, si You Tube no nos permite subir los videos… ¡Yo propongo que ataquemos a dos bandas, unos por Internet, otros por las calles, con pancartas, con folletos repletos de información, con la guía telefónica y el teléfono, podemos pedir ayuda a los más desfavorecidos, inmigrantes, vagabundos, prostitutas obligadas… y también a cantantes que nos apoyen, conozco a unos cuantos que no nos lo negarán!- dijo entusiasta Susana
-¿hola? No tenemos los medios suficientes, nadie nos hará caso, los inmigrantes ilegales tendrán miedo de que les envíen de nuevo a sus países, de que todo lo que han hecho se lo llevé en viento, las prostitutas se negarán rotundamente por el terror que les causa su compañía, los vagabundos apenas tienen fuerza ni para caminar unas cuantas manzanas, independientemente de todos los problemas que podemos sacarle a ese plan el más importante: ¡Ni tenemos recursos, ni dinero! Así que ya me decís como estudiando en la universidad, algunos de nosotros trabajando a la vez para llegar a pagar el alquiler del piso, va a pagar las llamaditas de teléfono y va a encontrar tiempo libre para hacer todo lo que habéis propuesto- Dijo casi gritando Jorge, con lo que provoco, que más de medio bar se girara mirando hacia nuestra mesa.
Susana hizo un gesto para que bajara la voz y se calmara a su vez.
-No tiene porque, y si eso pasa, tenemos a nuestro  gran amigo “el forrado”- dijo con un tono de ironía Jack.
-Eso es muy cruel, no vamos a usarle solo porque este forrado y hacernos sus amigos simplemente por el dinero- dijo Susana asustada por la pasividad con la que lo había dicho Jack.
-Yo estoy con Jack también, pero eso no soluciona nuestra falta de tiempo- dijo Jorge.
-El dinero lo hace todo chicos, todo-  afirmó Jack.
-¡Esto es absurdo! ¡Estamos luchando contra las injusticias, contra el capitalismo, contra el corrupto y contra la gente que se le sale el dinero por las orejas!- dijo Susana.
-Pues nada, que todo siga igual-
-No, no me refería a eso, yo pienso…- respondió Susana, pero el teléfono de Jack le interrumpió con una música de un anuncio de Fanta, muy famosos en aquel momento.
Nadie dijo nada cuando Jack alzó la cabeza, y entonces, todos comprendieron que se trataba de él, del mismo chico raro, y forrado que asistía a la universidad de vez en cuando. En verdad, nadie lo había nombrado, pero todos lo temían, sus ojos eran inhumanos, lo sabían.
Era un chico, joven, llamado Christian, cuyos ojos azules hacían tiritar hasta a las rocas, nadie sabia exactamente que hacia en la universidad, asistía a muchas clases mezcladas, podía estar yendo algún que otro mes a todas las clases que podía, y podía pasarse tres meses sin ir; traía a todas las chicas locas, pero las que habían tenido valor a hablar con él, habían cambiado de opinión al instante. Se había peleado con un chico, el cual estaba saliendo con una chica que había acabado aterrorizada después de hablar con el, naturalmente, y como cabía de esperar, ganó.
Era “amigo” de Jack, o al menos eso aparentaban, le solía llamar para preguntarle que tal el día y que habían dado en la universidad durante todo el día. El pobre Jack, tenía que pedir apuntes a toda la universidad, para que Christian, supiera cada día la materia exacta dada.
Huelga decir que también conocía a Susana, pero al contrario de las otras chicas, ella nunca se había fijado en el, simplemente, que era todo corazón y que le gustaban los chicos cariñosos y cálidos, todo lo contrario a Christian.

-Buenas tardes Christian- saludó.
-Buenas tardes Jack- contestó, pero había tanto ruido de fondo que Jack no llegó a oírle.
-¿Qué? Te escucho mal.
-Te envió un e-mail, cuando puedas me contestas, ¿Está claro?
-Si, por supuesto- dijo, pero Christian ya había colgado.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Tonner

1

En las frías montañas de Siberia, un hombre cuyo cuerpo robusto ocupaba una cama de matrimonio y a su vez sobresalían parte de sus pies, roncaba al son del gran reloj de la pared que marcaba las cuatro y media de la mañana, mientras, a su lado, en la mesilla de noche, la radio emanaba notas de música country.
Se respiraba un hedor a muchedumbre y a comida podrida, un ratoncillo mordisqueaba unos viejos y mugrientos zapatos sobre la alfombra donde había depositado gran número de carpetas y ficheros en los cuales ponía el nombre de: Staish Toneer, ministro.
Se oyeron pasos a lo lejos, se dirigían hacia el antro en el que dormitaba aquel hombre. Se acercaba poco a poco, hasta que se detuvo en frente de la puerta y sin llamar entró frenéticamente. Se oyó un suave chirrido y apareció un hombre.
Era un hombre joven, delgado pero fibroso, atractivo, alto, uno setenta y ocho, ojos azules, fríos y profundos, pelo marrón oscuro que le caía de lado sobre la cara cuyos rasgos muy finos eran parecidos a los de una mujer, pero que a su vez exigían respeto. Vestía pantalones vaqueros, camiseta negra de algodón que delataba sus suaves músculos, cazadora de cuero y deportivas.
-Despierta, Toneer- dijo sin llegar a sonar como un orden por su tono pasivo, pero a la vez duro extremadamente duro. Tenía una voz susurrante.
-Mmm, mama, cinco minutitos más- susurró Toneer entre sueños.
El hombre de ojos azules arqueo una ceja y se acercó a la radio, subió el volumen al máximo y el ministro dio un brinco. Acto seguido apagó la radio.
-Hombre, eres tú, Christian- dijo Toneer mientras un escalofrío le recorría la espalda al reconocerlo.
-¿Después de lo que ocurrió pensabas que no volvería?-apuntilló con un tono frío, casi inhumano.
Toneer no contestó.
-¿La mataste, verdad? ¿Mataste a aquella joven, y quedaste libre culpando a la compañía, delatándonos, acusaste a mi padre, que lo dio todo por ti?- Le dijo mientras adquiría un gesto de amenaza.
-Yo no….-Susurro mientras se levantaba.
-¡No, tu no! ¿Verdad?
-Yo...lo siento mucho Christian.
-No, tú no volverás a sentir nunca más- dijo; cogió su revolver, lo posó sobre el entrecejo de Toneer y disparó. El cuerpo inerte  se desplomó y un pequeño hilillo de sangre empezó a brotar de su cabeza, que pronto se convirtió en un pequeño charco que empezó a crecer tintando aquella alfombra de color alpiste.
Christian rebuscó entre los ficheros y carpetas que se depositaban sobre el suelo, buscando algo que indicara la inocencia de su padre y que no incumbiera a la compañía.
Habría sido más inteligente haber grabado aquella conversación y presentarla en los juzgados, pero tenia ordenes expresas de matarlo (y el no había puesto ninguna pega), aparte de que presumía que encontraría otras pruebas vinculantes que acusaran a Toneer con la muerte de aquella joven, que sin saberlo, había causado tantos problemas en la compañía, aquella joven llamada Marina.
Rebuscó por toda la habitación, no encontró nada relevante.
Salió de aquel antro, sereno, mientras metía la mano en su bolsillo y sacaba su móvil.
-Hola- saludó Christian impasivo.
-Contraseña- salto una voz autoritaria.
-Los peces no van al agua.
-Hola Christian-saludó con un tono jovial-¿Ya? ¿Algo?
-Ya no está, no hay nada-dijo mientras comenzaba a caminar - Fue él, no hay duda.
-Como suponíamos- y añadió- ¡Ven!
Christian colgó y subió a la moto de nieve con la cual había llegado a aquel luctuoso lugar con un peculiar olor nauseabundo perdido entre las blancas montañas de Siberia.
En unos pocos minutos llegó cerca de un pinada, un montón de nieve se divisó a lo lejos, que aparentemente a primera vista no se veía nada sospechoso. Se acercó lentamente hasta que se paró a una cierta distancia del montículo y masculló:
-Los peces no van al agua- y acto seguido, el montículo de nieve desapareció para dar parte a un agujero subterráneo de gran profundidad, oscuro, frío y lóbrego.
Christian se apresuro ha entrar mientras que frotaba sus frías manos frenéticamente. Bajo la larga escalinata de metal, que conforme iba bajando la temperatura aumentaba considerablemente, hasta conseguir estar a gusto en su interior.
La estancia era enorme y blanca, que cualquiera podría imaginar que estaba en un rico manicomio lleno de una tecnología a punto, y unos cincuenta hombres, totalmente vestidos de negro correteaban con una especie de maqueta, alarmados, y chillando que no podía ser.
Christian, con su peculiar manera de ser, no se altero, hasta que a su lado se encendió una sirena roja, que emitía una serie de sonidos semejantes a los de la policía, pero que fácilmente podían penetrar en el oído resultando molestos. Así que simplemente, se cubrió la parte inferior del puño con su chaqueta de cuero, y golpeo la sirena, que esta a su vez, dejo de “chillar”.

Apresuro la velocidad, y los hombrecillos vestidos de negro, (llamémosles blacks), se sorprendían de ver a Christian, y a su vez se apartaban para dejarle paso con un ligero miedo a lo que pudiese suceder. Allí ya le conocían. Uno de ellos, desgraciadamente, se interpuso, accidentalmente se le había caído la “maqueta”, así que cogió su navaja de hasta asiática y lo decapitó delante de todos los blacks, empezó ha surgir sangre, de manera que su cuello parecía una ancha manguera con mucha potencia, y luego su cuerpo se desplomó en el blanco suelo. Los blacks asombrados, salieron corriendo dejando a Christian con el aun cuerpo caliente y decapitado de uno de ellos.