fríos y profundos

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martes, 23 de noviembre de 2010

El cementerio

3

El chico de los ojos azules se encontraba en el aeropuerto esperando ansioso al vuelo 7845G con destino a Boston, donde tendría lugar el entierro de la chica asesinada por Tonner. No iba por sentirse apenado de que una inocente hubiera muerto ni mucho menos, simplemente para averiguar e interrogar, sabía que Megan, (la prostituta preferida de Tonner) iría al entierro, al parecer era la prima de la fallecida.

Christian ensimismado empezó a recordar a Mónica como morena, con un pelo largo y sedoso, con una cara peculiar, ojos muy grandes, boca pequeñita, y nariz respingona, de piel roja más bien quemada, ya que la última vez que la vio era verano, vestía con un vestido gris, bonito, olía a pureza, era, en definitiva, una belleza, pero aún así, tenia un único defecto que no se podía observar a simple vista, Mónica era ciega.
Su vida cambió de la noche a la mañana, se quedó dormida, como de costumbre, viendo la última sería del momento en el sofá, para el día siguiente comentarla con sus amigos, pero al parecer, ocurrió algo, algo que hizo que Mónica durante esa noche se quedará ciega, y que los médicos no pudieron diagnosticar.

Pasando por el último terminal, el que iba con vuelo directo a Boston, sin escalas, una mujer empezó a gritar en medio del aeropuerto señalando a Christian.
-¡No lo dejéis pasar! ¡Es el diablo!- gritó.
Christian siguió tranquilamente, hasta que la mujer se le lanzó, gritándole al oído- Dios te castigará por lo que has hecho, y por lo que estás apunto de cometer.
-Seguridad por favor- reclamó Christian.
Enseguida llegaron siete hombres vestidos de azul que redujeron a la vieja loca y la llevaron fuera del aeropuerto.

Christian ya en Boston, buscó el cementerio Granary Burying Ground donde se encontraba Megan junto a las tumbas de los patriotas que participaron en la de la Guerra Revolucionaria, entre ellos tres firmantes de la Declaración de la Independencia y las cinco víctimas de la Masacre de Boston.
Estaba esperando a que bajarán el cuerpo, que quedaría por y para siempre enterrado bajo la tierra, sin el contacto del aire en su piel, sin acariciar con sus ojos sin color las cumbres que no llegó a divisar jamás, sin el contacto húmedo con el agua del océano, sin sentir las caricias de un hombre, las caricias de él.
Se situaba en una esquina, cerca de los familiares y amigos, que lloraban alrededor de la tumba con el nombre de Mónica Molina García.
Megan era una chica de tez blanca, tan blanca como la nieve, iba vestida de negro, con lo que sus ojos verdes resaltaban, pero no tanto como ella misma en si. Su pelo pelirrojo, sin vida por el amoniaco del tinte,  pero que hasta a cinco metros de ella desprendía un olor a flores del desierto.
El viento recorría centímetro a centímetro el cuerpo de aquella prostituta haciendo ondear su vaporoso y escotado vestido negro, mientras sonreía maliciosamente sobre la tumba de su recién muerta prima, Mónica, sin derramar ni una sola lágrima aparente, mientras sonaba una de las sinfonías preferidas de la fallecida, el réquiem de Mozart.
Se percató de que estaba siendo observada por un hombre cercano a ella, vestido de negro como de costumbre y con sus nuevos y relucientes zapatos (o eso parecían todos los pares) sobre la húmeda y recién cortada hierva verde típica de los cementerios de Boston, y cuyos ojos azules le distinguían en la lejanía, aun por la espesa niebla que le rodeaba a ambos.

Megan se sobresaltó, su nerviosismo se estaba contiagando, y eso no le gusto nada a Cristian, así que pensó que cuanto más rápido, mejor, Ni tres pasos logró dar, cuando Megan sin dudarlo salio corriendo, aunque sabia perfectamente que no tenia ninguna posibilidad de que tras ese encuentro siguiera con vida, aún así siguió corriendo, con una pequeño resquicio de esperanza por aquellos altos cipreses, y la espesa bruma, pero era inútil, seguía sintiendo sus ojos azules, de esos que no se olvidan, los extrañamente diabólicos, eran, como dijo Emilio Carrère , al referirse a los ojos del demonio, ojos verdes, pero que en este caso, azules…
Y aún sonaba el réquiem, no sabía si dentro de su cabeza, o aún lo sentía en la lejanía, pero unas suaves y conocidas notas pronto se convertirían en un sinfín de alteraciones, parecidas a las de su acelerado corazón.
Subía ya unos escalones, húmedos y resbaladizos, de pura piedra esculpida allí mismo, ella siempre había admirado ese tipo de detalles, diminutos, pero con pocos de ellos, por muy costosa que fuese su realización, le confería un tipo u otro de vista, muy diferente al que sería si no estuviesen allí. Y cayó, cayó sin más, en el peor momento de todos y pensó únicamente en Mónica que lo había dado todo por ella y ella… la había matado, arrepintiéndose, y pidiéndole a un Dios inexistente, o a lo mejor al cosmos en sí, que la perdonará, que la enviase a un lugar mejor, que no la dejase caer en manos de Christian, que la matase allí mismo. Pero el canto rodado de aquella obra maestra, había besado su delicada nuca, haciéndole perder la vista, una negrura más oscura que la noche cerrada, y momentos como en una diapositiva, pero curiosamente momentos de Mónica que nunca habría llegado a realizar: su boda con Christian, sus primeras veces para todo, cuando saltó de paracaídas, cuando disfruto de un día de campo, cuando vio sus primeras arrugas, cuando vio su precioso y redondo vientre fruto del amor, cuando vio los primeros pasos de su hijo, y cuando murió calentita en su cama, junto a Christian… parecían tan irrealizables, tan difíciles de alcanzar, pero su sonrisa, oh, como se odiaba, maldita vida, puto Tonner que un día le susurró, como le susurraron a herodes…¡mátale! ¡No te demores!









1 comentario:

  1. "Viendo la última sería del momento en el sofá." Hay un error en la frase. Cada vez engancha más, me gusta mucho. Aunque el final eso de puto Tonner, queda un poquillo vulgar no?

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