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En las frías montañas de Siberia, un hombre cuyo cuerpo robusto ocupaba una cama de matrimonio y a su vez sobresalían parte de sus pies, roncaba al son del gran reloj de la pared que marcaba las cuatro y media de la mañana, mientras, a su lado, en la mesilla de noche, la radio emanaba notas de música country.
Se respiraba un hedor a muchedumbre y a comida podrida, un ratoncillo mordisqueaba unos viejos y mugrientos zapatos sobre la alfombra donde había depositado gran número de carpetas y ficheros en los cuales ponía el nombre de: Staish Toneer, ministro.
Se oyeron pasos a lo lejos, se dirigían hacia el antro en el que dormitaba aquel hombre. Se acercaba poco a poco, hasta que se detuvo en frente de la puerta y sin llamar entró frenéticamente. Se oyó un suave chirrido y apareció un hombre.
Era un hombre joven, delgado pero fibroso, atractivo, alto, uno setenta y ocho, ojos azules, fríos y profundos, pelo marrón oscuro que le caía de lado sobre la cara cuyos rasgos muy finos eran parecidos a los de una mujer, pero que a su vez exigían respeto. Vestía pantalones vaqueros, camiseta negra de algodón que delataba sus suaves músculos, cazadora de cuero y deportivas.
-Despierta, Toneer- dijo sin llegar a sonar como un orden por su tono pasivo, pero a la vez duro extremadamente duro. Tenía una voz susurrante.
-Mmm, mama, cinco minutitos más- susurró Toneer entre sueños.
El hombre de ojos azules arqueo una ceja y se acercó a la radio, subió el volumen al máximo y el ministro dio un brinco. Acto seguido apagó la radio.
-Hombre, eres tú, Christian- dijo Toneer mientras un escalofrío le recorría la espalda al reconocerlo.
-¿Después de lo que ocurrió pensabas que no volvería?-apuntilló con un tono frío, casi inhumano.
Toneer no contestó.
-¿La mataste, verdad? ¿Mataste a aquella joven, y quedaste libre culpando a la compañía, delatándonos, acusaste a mi padre, que lo dio todo por ti?- Le dijo mientras adquiría un gesto de amenaza.
-Yo no….-Susurro mientras se levantaba.
-¡No, tu no! ¿Verdad?
-Yo...lo siento mucho Christian.
-No, tú no volverás a sentir nunca más- dijo; cogió su revolver, lo posó sobre el entrecejo de Toneer y disparó. El cuerpo inerte se desplomó y un pequeño hilillo de sangre empezó a brotar de su cabeza, que pronto se convirtió en un pequeño charco que empezó a crecer tintando aquella alfombra de color alpiste.
Christian rebuscó entre los ficheros y carpetas que se depositaban sobre el suelo, buscando algo que indicara la inocencia de su padre y que no incumbiera a la compañía.
Habría sido más inteligente haber grabado aquella conversación y presentarla en los juzgados, pero tenia ordenes expresas de matarlo (y el no había puesto ninguna pega), aparte de que presumía que encontraría otras pruebas vinculantes que acusaran a Toneer con la muerte de aquella joven, que sin saberlo, había causado tantos problemas en la compañía, aquella joven llamada Marina.
Rebuscó por toda la habitación, no encontró nada relevante.
Salió de aquel antro, sereno, mientras metía la mano en su bolsillo y sacaba su móvil.
-Hola- saludó Christian impasivo.
-Contraseña- salto una voz autoritaria.
-Los peces no van al agua.
-Hola Christian-saludó con un tono jovial-¿Ya? ¿Algo?
-Ya no está, no hay nada-dijo mientras comenzaba a caminar - Fue él, no hay duda.
-Como suponíamos- y añadió- ¡Ven!
Christian colgó y subió a la moto de nieve con la cual había llegado a aquel luctuoso lugar con un peculiar olor nauseabundo perdido entre las blancas montañas de Siberia.
En unos pocos minutos llegó cerca de un pinada, un montón de nieve se divisó a lo lejos, que aparentemente a primera vista no se veía nada sospechoso. Se acercó lentamente hasta que se paró a una cierta distancia del montículo y masculló:
-Los peces no van al agua- y acto seguido, el montículo de nieve desapareció para dar parte a un agujero subterráneo de gran profundidad, oscuro, frío y lóbrego.
Christian se apresuro ha entrar mientras que frotaba sus frías manos frenéticamente. Bajo la larga escalinata de metal, que conforme iba bajando la temperatura aumentaba considerablemente, hasta conseguir estar a gusto en su interior.
La estancia era enorme y blanca, que cualquiera podría imaginar que estaba en un rico manicomio lleno de una tecnología a punto, y unos cincuenta hombres, totalmente vestidos de negro correteaban con una especie de maqueta, alarmados, y chillando que no podía ser.
Christian, con su peculiar manera de ser, no se altero, hasta que a su lado se encendió una sirena roja, que emitía una serie de sonidos semejantes a los de la policía, pero que fácilmente podían penetrar en el oído resultando molestos. Así que simplemente, se cubrió la parte inferior del puño con su chaqueta de cuero, y golpeo la sirena, que esta a su vez, dejo de “chillar”.
Apresuro la velocidad, y los hombrecillos vestidos de negro, (llamémosles blacks), se sorprendían de ver a Christian, y a su vez se apartaban para dejarle paso con un ligero miedo a lo que pudiese suceder. Allí ya le conocían. Uno de ellos, desgraciadamente, se interpuso, accidentalmente se le había caído la “maqueta”, así que cogió su navaja de hasta asiática y lo decapitó delante de todos los blacks, empezó ha surgir sangre, de manera que su cuello parecía una ancha manguera con mucha potencia, y luego su cuerpo se desplomó en el blanco suelo. Los blacks asombrados, salieron corriendo dejando a Christian con el aun cuerpo caliente y decapitado de uno de ellos.
:) Lo he leido y no esta nada mal...
ResponderEliminarYo tambien escribo textos y ahora estoy con un libro.
Mola, te quedas con ganas de saber más.
ResponderEliminarEs para un libro? Suerte! ;)
me encanta tu música
ResponderEliminarun saludo